morfina (para niñas tristes)
Pale as a ghost (Taken with instagram)

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Skinny (Taken with instagram)

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Hubiera, no se, tal vez, aun no tengo esa respuesta…

Para muchos el cine se trata de justificar momentos contando historias. Para mí el cine se trata de justamente lo contrario: justificar historias a base de recolectar momentos. Pocas historias en el cine me apasionan, en cambio los momentos se amontonan en mi memoria, con la intensidad de un itinerario cuasi autobiográfico . No me importa, por ejemplo, contarles la trama de “Manhattan” (Woody Allen, 1979), me interesa más bien mostrarles la secuencia de apertura con música de Gershwin en el fondo, o la imagen de Mary e Issac sentados a mitad de la noche en una banca mirando el puente de Brooklyn, o la toma final de la sonrisa de Allen, que nos refiere inevitablemente a la de Chaplin en “City Lights” (1931).

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Tenía ganas de publicar algo, pero no tengo mucho que decir. No ha pasado nada, o quizás hayan pasado muchas cosas a las cuales mi memoria se ha negado a darles forma, nombre y estructura.

Me he topado con dos ojos, un par de pómulos y una sonrisa que se asemejan peligrosamente a los de ella. Y eso me aterra de alguna manera. Nunca he creído en sustitutos que remplacen a los amores perdidos, pero eso me funcionó hace unos meses y no veo porque no podría suceder de nuevo. Pero ese rastro de poeta romántico decimonónico que guardo entre los huesos se niega a rendirse y me incita, en toda su condenada ingenuidad, a seguir luchando por algo que no he perdido, por algo que, peor aún, nunca he tenido. ¿O será mi ego incapaz de comprender y aceptar que hay quien puede olvidarme en un par de semanas?

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He estado viendo cine compulsivamente. Siempre he tenido un buen ritmo respecto a la cantidad de películas que veo por semana, pero ésta vez me he superado. He dejado de leer, de escribir, de perder mi tiempo en la internet y me he encerrado en una habitación oscura a ver cuanta película se pone a mi alcance. He visto de nuevo “El Eterno Resplandor de una Mente Sin Recuerdos” (Michel Gondry, 2004) la cual me ayudo en el pasado a supérar una ruptura y la cual de nuevo llegó a mi rescate, ahora para ayudarme a superar esta absurda “no-ruptura”. He visto todas las cintas de Almodóvar que he podido, “La Ley del Deseo” (1987), “¡Átame!” (1989), “Kika” (1995), “Carne Trémula” (1997) e incluso un corto que le fue encargado por TVE en 1985: “Trailer para Amantes de lo Prohibido”. Y, volviendo al tema de lo momentos en el cine, “Carne Trémula” incluye una de las mejores escenas eróticas de las que he sido testigo. Mientras en el fondo Chavela Vargas canta lastimosamente “Somos”, dos amantes abren la caja de Pandora de la culpa, la infidelidad y las oportunidades perdidas, haciendo el amor toda la noche, hasta que las lágrimas brotan de los ojos de ella: nada más doloroso y liberador que arreglar cuentas con el pasado cogiendo como un par de condenados a muerte.

Tal vez, me queda esa esperanza, algún día, ella y yo nos reencontremos y podamos terminar con los “hubieras”, los “no sé”, los “quizás” y los “aún no tengo esa respuesta”, cogiendo como animales, destrozándonos lo sexos como ya nos hemos destrozado los corazones. Y ella dirá con cierta tristeza: “Está amaneciendo…”

Tal vez…